FÚTBOL ES FÚTBOL
La quería como para dar mi vida por ella pero, al parecer, no tanto como para perderme un partido del Real, si podía evitarlo. O quizá una cosa no tenía que ver con la otra, eso pienso ahora, pero por aquel entonces, 19 de abril del año 2000, creía firmemente que esa tarde había de elegir entre dos amores: Federica, uruguaya chiquita y deliciosa con la que compartía novelas, mate y amaneceres en una pieza de estudiantes en Salamanca; o el fútbol, droga dura desde la infancia y anhelo íntimo de media punta fracasado.
El partido era Manchester United- Real Madrid y el torneo, la Copa de Europa.
¿Qué vas a haser luego?
Federica me miraba de una forma que tenía que estar prohibida. Censurada porque sus ojos no preguntaban sino que dictaban sentencia, y difícilmente había recursos o excusas que interponer. Quería que me quedara. Federica era futbolera y entre pitillo y pitillo me había comentado que podíamos ver el partido.
No sé, tendría que estudiar…me gustaría ir a casa para estudiar un poco. ¿Queda algo de comer en el frigorífico?
Federica se levantó del sillón y movió con gracia su larga falda de colores made in Montevideo hasta la cocina. Necesitaba tiempo para pensar algo y mi inteligencia adolescente me llevó a concluir que encontraría una solución en los dos segundos que se tarda en comprobar que un freezer de un estudiante esta completamente vacío. Un error.
Pero me retrasaba. Después de comer, como siempre últimamente, la mirada de Federica me había convencido para pasar toda la tarde fumando, escuchando jazz y leyendo Rayuela. Había quedado con Antonio para tomar algo, pero tuve que disculparme prometiéndole que respetaría, al menos, nuestra cita para ver el partido. Debía estar enfadado, eran las nueve, quince minutos después de la hora en la que habíamos quedado y ni siquiera estaba en camino. Los ojos de Federica habían provocado otras disculpas similares con las consecuentes malas caras de mi amigo. Él le cogió manía a ella, y viceversa.
Por lo visto, en su excursión a la cocina Federica había encontrado una manzana. Volvía orgullosa, ofreciéndomela.
No, gracias, no me apetece, dije bruscamente y resuelto a salir corriendo. Me acabo de acordar de que tengo cena familiar y tengo que ir a casa.
¿No te quedás? ¿Y el partido? Morder la manzana distraía su mirada. Era el momento. Ahora o nunca.
Mañana nos vemos, no te preocupes, dije. Me tengo que ir, de verdad. Mañana te llamo. En serio, no pongas esa cara, me tengo que ir o mi madre me mata. Un beso niña. ¡Ciao!
Cené con mis padres para no mentirla, pero comer en casa me retrasó aún más y cuando llamé al timbre del piso de mi amigo la segunda parte del partido ya debía haber empezado. Llevábamos años viendo juntos el fútbol. Era lo que nos había unido en el colegio y luego en el instituto. Más o menos una hora tarde, ¡que desastre!, pensé. Espero que al menos me abra.
No lo hizo. A regañadientes, se dignó a hablar por el interfono.
Dime al menos cómo van, dije.
Van, respondió él. Oye te tengo que dejar porque desde aquí no veo el televisor.
Creo que quemé el timbre del edificio porque dejó de sonar. Al otro lado de la calle, en un pub irlandés, la gente celebraba un gol. Me dirigí hacia allí decidido a ver terminar el partido. Solo.
Al otro lado de la luna de cristal del bar, Federica tomaba una pinta rodeada de ingleses ataviados con la camiseta roja del Manchester United. Pensé que el gol habría sido del Real porque ella le frotaba la cabeza, divertida, a uno de ellos. Un nuevo gol. Pese a haber intentado avanzar, ella aún estaba lejos. Al fondo, entre la gente, veía a Federica sonreír. Trataba de llegar para saludarla, decirle que había cambiado de opinión, acabar de ver con ella el partido, abrazarla, quererla…Trataba cuando la vi besarle, y desistí de llegar hasta allí. Hacía calor y salí a la calle.
Como un autómata, sin saber porqué, volví al portal de Antonio. Allí, paradójicamente, el interfono volvía a ser vehículo de la voz de mi amigo. Por lo visto, el resultado había cambiado su humor.
¡Alex!, ¿sigues ahí?, gritaba. ¡Sube!, tienes que ver el gol.
Abrí la puerta sin ganas. No tenía voluntad de nada, menos de ver un partido de fútbol. Subí, sin embargo. Antonio había dejado la puerta entornada y señalaba con el dedo la pantalla del televisor.
¡0-3!, repetía Antonio. ¡0-3!, y ¡a semifinales!, gritaba entusiasmado.
No me había sentado, pero tras la segunda repetición del gol tuve que hacerlo. Era hermoso. En la imagen, Roberto Carlos cedía la pelota a Redondo en el ala izquierda de la defensa del Madrid. El pivote recibía y tocaba sutil a Savio que se ofrecía solidario pisando la línea de cal. Desmarque de ruptura del argentino y regalo bombeado del brasileño. Control y carrera. Tango, centro y gol. De zurda. De Raúl. De zurdos.
Era hermoso, pensaba, mientras el realizador repetía, una y otra vez, la cabalgada del argentino, su pelo en péndulo, su zancada de pura sangre, su autopase de tacón. El Madrid eliminaba al campeón y me sorprendí sonriendo.
Alex, ¿una cerveza?, gritaba Antonio desde la cocina.
Sí, contesté. Trae dos.
Al día siguiente no llamé a Federica. Me dolía la cabeza, y el corazón.