6.3.08

1922

Después de la Segunda Guerra Mundial, París retoma el liderazgo cultural truncado por el conflicto. Allí coinciden escritores y artistas consagrados y noveles en una fiebre creadora que inunda bares y cafés. Es la historia en primera persona de una Europa que intenta volver a creer después del horror.

Las palabras invaden el espacio aéreo de una mesa redonda de la Closerie des Lilas en París. Las superficies de madera tienen aforo limitado. Dos es lo ideal y tres es multitud, pero hoy somos ocho en el horizonte acristalado del local. Acomodados los cuatro, falta diámetro bajo el tablero lo que provoca que las piernas hermanas, anudadas en parejas, busquen su espacio en el exterior formando una suerte de molinillo de calcetines que circundan la reunión. Los de mis amigos estadounidenses son negros, los míos marrones, como los de nuestro invitado austriaco. Sobre las mesas, el francés es el idioma oficial.
“La primera vez que estuve en este café fue hace casi veinte años. Cómo ha pasado el tiempo…Entonces, antes de la guerra, París era una fiesta”.
Los repentinos pliegues en la frente de Stefan Zweig anuncian la interrupción de su discurso. El escritor apura el café, mientras sus escuetas cejas se alzan tomando un reconstituyente baño de vapor procedente de la taza.
“Yo no pude combatir porque nunca me destinaron a Europa”, indica uno de los habitantes americanos de la mesa. Es un joven de 26 años, espigado, rubio y bien parecido. Los camareros le llaman Scott y firma sus trabajos literarios, aún poco conocidos, con un apellido típico del este de los Estados Unidos; Fitzgerald. “Me hubiera gustado luchar en la Gran Guerra. Fue una frustración que no me destinaran a Europa”, insiste.
“No te lo recomiendo”, apunta Ernest Hemingway mientras anota la frase de Zweig en su libreta de trabajo. “Scott, créeme, es mucho mejor tomar un café con un austriaco que encontrártelo en el frente”. Hemingway, 23 años, guiña el ojo a su interlocutor europeo mientras levanta ligeramente su pantalón para mostrar una herida de guerra que cumple este curso cuatro años de edad. “Frente austriaco, 8 de julio de 1918. Austria 1- Hemingway 0”. La mesa sonríe en pleno y los camareros aprovechan para avituallar al grupo prestándonos nuevos vasos de cristal de bohemia. Es media tarde en París y el austriaco se suma a la terna del whisky.
“Gracias”. Una voz unánime felicita la labor de los camareros. Fitzgerald se incorpora y se dispone a brindar. “Por la paz”, dice. “Porque dure”, puntualiza Hemingway. “Para siempre”, susurra Zweig mientras asiente.
La charla mantiene intacto el ritmo heredado de la reunión formal que tuvo como origen. Invitados por la Sorbona, los dos escritores noveles y el brillante austriaco, habían reflexionado animadamente en una mesa redonda organizada para analizar la salud del relato literario. Después, la admiración mostrada por los jóvenes americanos dio a luz a una invitación postrera a seguir narrando, esta vez en primera persona. Zweig, aceptó y yo, amigo de Scott y Ernest, me uní al grupo. El resto de la historia era entonces presente.
“Espero, hijo, que no haya oportunidad para que puedas cumplir tu sueño”. Tras la sentencia, el austriaco respiraba hondo como cuando un anciano busca en sus pulmones suspiros aplazados que regalar a sus nietos en forma de globo. “Yo tuve la suerte de que me declararan inútil para la vida militar y quizá eso me haya salvado la vida”. La reflexión era sencilla pero honda, con poso en el tiempo. Zweig ejercía de abuelo, la primavera bullía más allá de los cristales, y nosotros, jóvenes enamorados de la vida, estábamos encantados.
Hemingway verbalizaba nuestro pensamiento mientras observaba, de reojo, la página de carreras del periódico. “Tras la guerra, las cosas van a mejor cada día. En París, un aspirante a escritor vive bien. Sin lujos, uno puede viajar, y de vez en cuando cenar en Michaud junto a Joyce y su familia. No le pido más a la vida”.
“Me extrañó que no acudiera esta tarde a la Sorbona. Conozco a James desde hace años”, intervino Zweig. “Me hubiera gustado felicitarlo. El Ulises es, sin duda, el mejor libro del año.”.
“Dicen que se está quedando ciego”. Fiztgerald habla mirando al horizonte, nervioso y alzado sobre los brazos de la silla. Su atención está más allá del cristal de entrada, allí por donde un ferrocarril de rizos negros cruza la calle frente al café.
“¿Me disculpan un momento por favor?”. Scott abandona la mesa mientras Hemingway enciende un cigarrillo. “Otra vez”, apunta. “Es su novia, está celosa de su trabajo y suele venir a gritarle”, explica. “Así es Zelda”. Scott discute en plena calle. Sobre la mesa, junto a los demás vasos repletos, sorprende el suyo vacío.
“Hola Ernest”.
“André, Tristán…” Hemingway saluda con un leve gesto a dos nuevos clientes del café. Se conocen de otras tardes y otras mesas. “Stefan, estos son André Bretón y Tristán Tzara. Señores, este es Stefan Zweig”. El americano actúa de maestro de ceremonias hasta que los recién llegados deciden retirarse a una de las mesas del fondo. Allí decretarían el final del movimiento Dadá mientras Scott recuperaba su sitio. “Otro whisky, por favor”. El recién llegado se disculpaba, hundido, en la silla vacía.
“Y usted joven… ¿en qué piensa?” Stefan Zweig se dirigía a mí. Yo había permanecido callado desde que entramos en el café y eso debía haber despertado la curiosidad del escritor austriaco. En mis rodillas, una edición del New York Times recogía la situación en Rusia tras el nacimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. “Se abre un nuevo camino de libertad tras el zarismo”, dije entre asustado y cohibido por la mayor erudición y experiencia de mi interlocutor. “El socialismo es el futuro”, añadió un ya totalmente borracho Scott después de un triste tercer whisky. Zweig se mesó el bigote y, durante unos segundos, los tres nietos esperamos, subyugados, la palabra sabia que habría de ilustrarnos. “¿Cuántos años tienes?”, dijo de pronto. “Veinticinco”, contesté. “¿Quieres ser periodista?”, siguió el austriaco. Asentí. “Ya veo”, dijo.
Zweig daba de nuevo juego a su mostacho mientras acariciaba pensativo un vaso de whisky aguado. “Escuchar es una virtud para un buen periodista”, dijo. “Usted ya la tiene, pero hay otras tres. Las dos primeras tienen que ver con lo que dice y lo que calla, la última, es la máxima que mantiene que leer sobre un tema es el mal menor y que vivirlo es siempre lo ideal. No se confunda joven. También usted Scott, en la URSS, no todo es lo que parece”.
Horas después, despedidos ya Zweig y Hemingway, depositado Fitzgerald en su piso de la rué de Tilsitt, elegí una pequeña sala de cine en el Quarter Latin para esperar la media noche. A esa hora bruja, París marcharía a golpe de jazz y cabaret. Quería hacer tiempo, aislarme del mundo y reflexionar sobre la conversación en Des Lilas pero no elegí la mejor opción. En la cartelera me llamó la atención una película de estreno. Se llamaba Nosferatu y giró el curso de la noche. Descarté las luces que había anhelado y olvidé a las chicas que ya nunca conocería esa noche mientras caminaba en silencio hacia mi pequeña habitación junto a la Plaza de la Bastilla. Pensaba en la película y en la frase de Zweig. “No todo es lo que parece”. La voz del austriaco retumbaba una y otra vez en mi cabeza y tuve miedo. ¿Qué pasaba en la URSS y en Alemania? ¿Qué había más allá de París? Era cierto, el encanto de la ciudad había mecido hasta dormir mi vocación periodística. Dos años de estudios en La Sorbona, más de mil y una noches de cafés, entre historias y escritores perdidos. Era hora de dejar de escuchar y tomar la responsabilidad de escribir. Escribir…con ese pensamiento volví a la calle. Caminé toda la noche, hasta las afueras de París. Desde lejos, la ciudad, con sus pequeñas luces, parecía un reflejo del cielo.
“¿Dónde va joven?” El sonido de un motor soslayaba, ansioso, la quietud de la noche. “Donde haya una historia que contar”, dije. Y subí al coche.

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