KduK2
Cuando la sonreí por primera vez, la basculación de su cabeza me dio la medida de su timidez. Bajó instintivamente el mentón dejándose abrazar las orejas por un pelo azul noche que descendía en caída libre hasta el cañón de sus senos. Anochecía en su rostro por la acción del cuello. Según creí entonces, la situación denotaba inocencia, pero también receptividad, porque al ocultarse de mi mirada asentía con la cabeza sin quererlo y, sobre todo, sin saber que yo pensaba en todo esto y que veía como guardaba un anillo de prometida infiel en el bolso. Después llegó la parada de Callao, el clásico pitido estridente de antes de que se cierren las puertas y mi tirón para que se levantara y nos besáramos en el andén. Me gusta el metro porque al contrario que la vida te avisa de cuando es tu última oportunidad antes de perder el tren.
Recuerdo que entonces fumaba Ducados porque creía que iba muy bien con mi barba descuidada y mi pretensión entre romántica y crápula de convertirme en pintor. De todas estas cosas, las dos últimas solían dar buen resultado con las mujeres. La primera, también, hasta el primer beso.
Delia no se atrevió a decírmelo hasta mucho después. Supongo que la barba y los restos de óleo en mis uñas y mi chaqueta de cuero saciaban toda su curiosidad sobre detalles intrascendentes. El sexo era otra historia...